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RECUERDOS DE SEMANA SANTA

 

Un año más , una bolsa de aire frío se ha situado en Semana Santa  con precisión de reloj suizo,  sobre España. Los meteorólogos tratan de explicar sin mucho éxito el fenómeno por corrientes polares que aparecen justo en estos días  (¿por qué no un poco antes o después? ) Un paisano andaluz atribuía las lluvias a una conjuración de científicos de países herejes, como los alemanes e ingleses, que conseguían enviarnos las nubes “pá acá  , y así evitar la salida de las procesiones. Por el contrario, una  señora muy devota estaba convencida de que se trataba de una intervención directa de la Divina Providencia para evitar los escándalos que se producen en las playas en momentos que deben ser de oración y penitencia.

En Mondoñedo, cuando yo era joven, nadie pensaba en irse a la playa en Semana Santa . Lo nuestro era el Plorans del maestro Pacheco, con orfeón y solista  y las procesiones. A mí la que más me gustaba era la del Santo Encuentro, que reúne en la Plaza de la Catedral a la Virgen Dolorosa y su Hijo. San Juan hacía una parada junto al portal de mi casa, donde mi abuela, y después mi madre, ponían en una mesa con mantel dulces para los costaleros. Llegaban muy animosos porque habían pasado ya por el bar donde les preparaban mejillones y vino , y desde allí corrían a buscar a Verónica para que limpiase el rostro y dejase presentable al Nazareno para encontrarse con su Madre.

Era  hermoso. Y seguirá siéndolo. Lo he contado infinidad de veces y este año se lo contaré a mis nietos. Soy una buena contadora de historias y estoy segura de que los dejaré con ganas de ir a verlo.

http://www.lavozdegalicia.es/noticia/opinion/2016/03/28/recordos-semana-santa/0003_201603G28P13997.htm

 

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LOS RUIDOS DE LA NOCHE

 

En las grandes ciudades no hay silencio por las noches. Quienes siempre han vivido allí le llaman silencio a ese sonido confuso que se oye cuando dejan de sonar las voces de la televisión. Pero, si uno tiene el oído acostumbrado al verdadero silencio, puede oír un latido constante , un ruido sordo hecho de coches, camiones de la basura , ascensores y máquinas de todo tipo que siguen funcionando.

En las grandes ciudades no hay silencio , ni tampoco hay oscuridad : un resplandor rojizo ilumina el cielo y un rumor constante la invade.

En mi pueblo el silencio de la noche es transparente y a cada rato se quiebra con un sonido de metal : es el reloj de la catedral que da los cuartos con una campanada ligera. Después vienen las campanadas lentas y solemnes de las horas . A la una de la madrugada tocaban las monjas concepcionistas y al amanecer los frailes de la Alcántara y la campana del Asilo . Ya han dejado de tocar , pero aún hoy los ruidos que rompen el silencio de ese pueblo antiguo y pequeño son ruidos familiares : el sonido de una ventana que se abre o se cierra , el chirriar de una puerta, los pasos de alguien que entra o sale de una casa : ¿ a dónde irá el vecino a estas horas ? ¿ le pasará algo ? …

En las grandes ciudades los ruidos son confusos y anónimos . Nunca sabemos de donde sale ese llanto de niño que a veces se oye  o esas voces que de pronto se cuelan por la ventana del cuarto de baño . Durante unos días, a ese runrún nocturno de la gran ciudad vino a unirse un sonido nuevo e inesperado . Antes de rayar el día , cuando el resplandor rojizo de la noche es aún más fuerte que la luz grisácea del amanecer, se oyó claro y nítido el canto de un gallo . Era increíble pero allí estaba : un ronco y potente quiquiriquí rompiendo la masa de ruidos confusos y extendiéndose a través del acero y el cemento.

Me gustaba oírlo . Pero ya no se oye . Resultó que no era un gallo sino un despertador. Y a los vecinos no les hacía gracia aquel quiquiriquí al alba . Me dijo el portero que era de la finca de al lado y que habían protestado . Se ve que prefieren las noticias de la radio a todo volumen.