Sobre Divinas palabras

 

Es labor de un Teatro Nacional dar a conocer al público las obras más valiosas de autores del pasado. El respeto al autor, a su visión del mundo y al contenido ideológico de la obra van implícitos en esa función. Lamentablemente ese respeto se lo saltan a la torera la mayoría de los directores de escena españoles que,  por ignorancia o por soberbia,  anteponen su criterio al del autor. Un buen ejemplo es la representación actual de Divinas palabras en el teatro María Guerrero de Madrid

Divinas palabras de Valle Inclán, es un retrato de una parte de la sociedad de su tiempo: mendigos sucios y maliciosos, vagabundos ladrones, comadres murmuradoras, celestinas, beatas hipócritas; hombres y mujeres movidos por la lujuria y el propio interés, que solo respetan el dinero, que se disputan el carretón del pobre discapacitado, al que pasean semidesnudo para conseguir limosnas. Es eso, pero es más que eso.

En la escena final, los mozos llevan a Mari Gaila desnuda en el carretón del Baldadiño hasta la Iglesia donde está su marido, el sacristán, un hombre cobarde, consentidor y tan lujurioso como los mozos que rodean a Mari Gaila . El sacristán intenta protegerla, diciendo “El que esté libre de pecado …”, pero los mozos apedrean a la pareja y los insultan. Entonces el sacristán recita en latín esas mismas palabras. Y Valle en acotación escénica escribe:

Una emoción religiosa y litúrgica conmueve las conciencias y cambia el sangriento resplandor de los rostros. Las viejas almas infantiles respiran un aroma de vida eterna.

La escena cambia por completo , desaparece la violencia y la lujuria, los mozos retroceden y abren paso a la pareja , porque las palabras litúrgicas han llevado a su alma ese “aroma” de algo que está más allá de la Muerte: la vida eterna.  Y continua Valle:

Mary Gaila , armoniosa y desnuda, pisando descalza sobre las piedras sepulcrales, percibe el ritmo de la vida bajo un velo de lágrimas (…) la mujer adúltera se acoge al asilo de la iglesia, circundada del áureo y religioso prestigio, que en aquel mundo milagrero, de almas rudas, intuye el latín ignoto de las DIVINAS PALABRAS.

Ese el es grandioso final de la obra de Valle. Los agresores no entienden el latín, pero intuyen que pertenece a un mundo que los sobrepasa. El latín es el símbolo de lo sobrenatural, de lo que está por encima del ser humano. Es lo Sacro, concepto universal que encontramos en todas las grandes religiones.

El director de la función dijo en una entrevista que en Divinas palabras está  “dominándolo todo, la religión: el gran escudo, la gran mentira que, como un enorme agujero negro, todo, absolutamente todo, lo traga, lo digiere y lo domina».

Es su idea de la obra , pero en Divinas palabras la religión no es mentira, ni es dominio aunque sí es poder: el poder de evocar lo sobrenatural mediante unas palabras que los embrutecidos mozos sienten que son divinas. Y Valle Inclán consigue trasladar el estremecimiento del Misterio, de lo sacral, a sus personajes y, a través de ellos, al público.

Lástima que en la representación actual sea  la vieja celestina quien recite la bellísima acotación de Valle Inclán y , al finalizarla, haga un gesto de incredulidad y desdén, desvirtuando así el sentido de la obra y la intención del autor.

https://www.lavozdegalicia.es/noticia/opinion/2019/12/30/sobre-divinas-palabras/0003_201912G30P15991.htm

 

 

 

 

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