Afán de fama

Creo que las televisiones y las revistas del corazón dedican demasiado tiempo a personas que no han destacado en ningún campo de la cultura, de las ciencias, o de las artes. Son gentes cuyo único mérito es haberse arrimado, divorciado o peleado con otra persona que tampoco tiene mayores merecimientos para atraer la atención pública que sus asuntos sentimentales. Sin embargo, gracias a sus constantes apariciones en los medios de comunicación son famosos, es decir, despiertan el interés del público que conoce sus nombres y las circunstancias de su vida.

La fama es un deseo natural del ser humano, que se resiste a desaparecer sin dejar una huella de su paso por el mundo. Este deseo de pervivencia de dejar un recuerdo tras nuestra desaparición es algo legitimo y hasta laudable.

A esta buena fama es a la que alude la Muerte en las  Coplas de Jorge Manrique, cuando viene a buscar al buen caballero don Rodrigo en su villa de Ocaña:

“No se os faga tan amarga
la batalla temerosa
que esperáis,
pues otra vida más larga
de fama tan gloriosa
acá dexáis”

Pero desde la Antigúedad griega nos llegan testimonios de cómo el deseo de fama puede conducir al delito. El templo de Partenón en Atenas fue quemado por un pastor que quería dejar memoria de su nombre, y que fue justamente castigado por los jueces atenienses a no ser nombrado en ningún documento para evitar así que se cumpliese el deseo que lo llevó a destruir un bien de la Humanidad.

Y algo mucho más cercano a nosotros : Unas chicas de una pequeña ciudad española mataron a una compañera de colegio para hacerse famosas. No había ningún otro móvil : ni riñas, ni rivalidades, ni celos. Escogieron a la que les pareció más fácil de matar porque lo único que querían era salir en las revistas y en la televisión. Y un secuestrador mató a la joven secuestrada ante las cámaras de televisiones y fotógrafos. Psicólogos y psiquiatras dijeron que probablemente no lo hubiera hecho si no lo estuviesen enfocando.

Esa es la cara mala de la fama, la que todos los que nos movemos en los medios de comunicación deberíamos combatir, dejando de prestar nuestra atención a quien no la merece. Y dedicándosela a aquellos de quienes se pueda decir : como Manrique dice de su padre:

“Y aunque la vida murió ,
nos dejó harto consuelo
su memoria”.

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