Cartas de amor

Gran parte de las cartas que Pedro Salinas le escribió a Katherine Whitmore se publicaron en España en 2002 después de estar desde 1979 depositadas en la Biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard.

Más allá de la curiosidad que pueda despertar la vida íntima de una pareja y del interés erudito de compararlas con los tres libros que fueron inspirados por la relación con esta mujer ( La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento), las cartas  son una magnífica reflexión sobre la importancia del amor en la vida de una persona y constituyen un documento inapreciable para entender el fenómeno amoroso.

Pedro Salinas conoce a Katherine en 1932 cuando él tiene cuarenta y un años y ella treinta y cinco. Ella aparece un día en el curso de literatura que él imparte, y a partir de ese momento “ mágico, inolvidable “, se convierte en su musa.

Desgraciadamente para Salinas, Katherine quería ser algo más. Salinas está casado y tiene dos hijos. Siente que no puede abandonar a su familia, máxime cuando la guerra civil los pone en situación de exiliados. Le ofrece a Katherine “ todo el amor de que soy capaz “, pero se da cuenta de que para ella no es suficiente. Y se queja.  Se lo dice por escrito, que  ha habido mujeres que “enamoradas en condiciones semejantes a las nuestras, que no pudieron ser felices del todo, pero a quienes sin embargo (…) la devoción y la atención de un hombre sirvieron de cimiento, de guía y de meta en su existencia humana “. Y se lo dice también de palabra, en su último encuentro: “Otra mujer, en tu lugar, se habría considerado muy afortunada“

Katherine casa con otro en 1939, después de siete años de apasionada relación – sobre todo epistolar – con el poeta. Enviuda tres años más tarde, pero la relación con Salinas estaba ya deteriorada y los breves encuentros son decepcionantes para los dos. La presencia física de la amada llega a serle  innecesaria: “Quizá no te vuelva a ver. No tengo interés en verte como la última vez en Boston. Pero sin embargo no dejaré de verte. Porque lo necesito. Verte en mi alma, en mi memoria, es ver lo más alto de mí mismo. Verte así, en mi interior, es ver la vida más completa y luminosa que la suerte me ha dado. Y por eso te seguiré viendo sin que me veas, ni me oigas, porque lo necesito para sentir y saber lo que fue la cima de mi existencia, un día, sin tiempo.”

La gran originalidad de la concepción amorosa de Salinas, que en estas cartas se manifiesta muy claramente, es que el recuerdo de la felicidad vivida sigue siendo fuente de felicidad : “ ¿Por qué meses, años de contrariedades, de preocupaciones, de disgustos, van a borrar <<lo sin tiempo>>,  las horas, los minutos en que la vida mía fue mucho más que tiempo,(…) infinita como me la hacía tu amor?”.

Por eso el sentimiento final non es de amargura ni de rencor : “Hacia ti va mi corazón con gratitud infinita, con recuerdo imborrable de gozo y vida  (…) Porque en ti tomó la vida una apariencia que jamás tuviera antes para mis ojos, para mi alma, para mi ser entero”.

Ese agradecimiento por haber accedido alguna vez, aunque transitoriamente,  a la  “cima de la existencia“ me parece algo sobre lo que vale la pena reflexionar.

Artº antiguo publicado en gallego en La Voz de Galicia

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